Desde niño, El Riachuelo que separa el Barrio de Barracas de la Ciudad de Avellaneda, me pareció la porquería más maloliente y hermosa frente a la que se habían detenido mis sentidos.
Lo vi por primera vez cruzando en el tranvía 21 sobre el viejo Puente Pueyrredón, ocasión durante la que un irónico pasajero le lanzó un grito que debería haber sido premonitorio: ¡Qué perfumen las aguas!
Pero pasaron sesenta años y todo siguió igual: las aguas sin recibir su merecida loción, los barcos oxidados semihundidos, y lo que es peor, los vecinos sumergidos en el aire insalubre que allí las empresas que derivan sus desperdicios a las aguas sabían y saben fabricar como nadie.
Hubo promesas de saneamiento y fueron igual que tantas otras promesas destinadas a prometernos el Paraíso. Pero el Paraíso, o algo que pretendía parecérsele, quedaba mucho más al norte, allí donde la gente tenía el sentido del olfato mucho más refinado, porque los pobres, es sabido, carecen de nariz.
Intercambiar ideas y reflexiones sobre la actualidad, sin descuidar el pasado ni tampoco el futuro
Los artículos en este blog pertenecen a Ricardo Antin, mi padre.
lunes, diciembre 11, 2006
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