domingo, enero 28, 2007

El viaje a Deba

(Como cualquier otro relato, este puede ser leído por cualquier
persona. Pero es muy probable que los descendientes de vascos
-y muy especialmente quienes viven en Euskadi - le encuentren
un sentido especial. Aunque como ya dije es para todos, a ellos les
va dedicado muy especialmente.)

El viaje a Deba

1

Cuando llueve torrencialmente sobre una ciudad marítima, el agua cae con una potencia que es desconocida en las urbes mediterráneas. Me complace fantasear pensando que las nubes, envidiosas del vigor de las olas, quieren imitarlas lanzando su carga con esa fuerza irresistible. Esta competencia de los elementos se acentúa cuando el mar es tan bravío como el Cantábrico, que no cesa de exhibir su incansable fiereza para estimular los alcances de tan singular rivalidad. Jugaba con la idea al alejarme de la costanera, cuando se reiteraba el enfrentamiento y la lluvia dejaba caer su intenso telón a mis espaldas, pretendiendo aunque más no fuera por unas pocas horas, privar a la ciudad de su paisaje predilecto. Antes de despedirme del espectáculo, pude ver cómo el mar intentaba una última jugada riesgosa sobre el tapete de la arena. Atenuada su encrespada ferocidad por los brazos afectuosos de la bahía, las aguas serían absorbidas sin contemplaciones y la poca que quedara a salvo tendría que esperar la revancha en un próximo día, como hacen los jugadores empedernidos.
Había pasado largas horas apoyado en la blanca baranda enrejada, mirando alternativa- mente los contornos de la Isla de Santa Clara, que un poco a mi izquierda parecía flotar con su base aferrada a un ancla gigantesco; y el medio perfil del Monte Urgull, en exacta línea recta con respecto a mi posición.
Aunque provenía de otro país, esas expresiones de la geografía de San Sebastián me parecían extremadamente familiares, pero eso no hacía más que corroborar mis inquietudes. Había llegado hasta allí para rastrear las precisiones de un pasado desconocido, y ese primer día, imaginé que alguna revelación o al menos una indicación mínima llegaría navegando en el acompasado ritmo de las olas. Al obligarme a dejar la costa, la tormenta acababa de frustrar mi equivocado propósito, porque sólo los poetas son capaces de captar los mensajes del mar, de las caracolas y de sus habitantes más secretos. Probablemente mi búsqueda estuviera motivada por las desesperantes frustraciones de los últimos meses. Pero más que eso, aparecía una comprobación a la que no titubearé en calificar como sobrenatural: había dejado de ser yo para convertirme en otro, y aunque la transformación no era permanente ya que había cierta alternancia en los roles, el pasado que pretendía hurgar pertenecía a la persona cuya identidad tomaba a ratos. Oponía a mi descubrimiento y a las innumerables lucubraciones que emanaban de él, toda la tenacidad de mi inteligencia. Pero no era suficiente, porque resultaba innegable que la transmutación se había efectuado y actuaba sobre mí como si me hubiera sojuzgado, a tal punto, que había conseguido que yo estuviera allí. Esto tal vez era lo más razonable de todo, ya que ese viaje aparecía como la única manera de explicarme las causas de lo que estaba sucediendo. Pero cuales- quiera fueran los recursos a que echaba mano, estaba en la incómoda posición de ser al mismo tiempo testigo y protagonista, ignorando cómo y porqué a ratos era uno y a ratos otro.
Llegué hasta la calle San Martín cuando se encuentra con Manterola y doblé a la izquierda. En verdad no tenía un rumbo preestablecido y me sentía un duende que responde a designios misteriosos en los que no tiene ninguna posibilidad de influir, y mucho menos de modificar. Ya tardecía, con esa disposición prematura que el invierno impone a la duración de cada día, y aunque todavía no habían dado las seis de la tarde, el calendario obligaba a la oscuridad a hacerse cargo de la escena. El proceso que había iniciado más temprano en la bahía comenzaba a fermentar en mi cabeza. Lo presentí al descubrirme explorando perdidas memorias de mi infancia, pero nada estaba tan absolutamente definido como para determinar si se trataba de mi infancia o la de otro. Alguna pista ante esta duda la daba al verme con pantalones demasiado largos para ser cortos y demasiado cortos para ser largos. También lo hacía la imagen de ese recuerdo infantil, donde en mi cabeza aparecía un gorro de marinero con una cinta azul. Era moda para niños de fines del siglo pasado, cuando yo todavía no había nacido. Seguramente, la calle no era el lugar más apropiado para encontrarme con las siluetas de un tiempo que no me pertenecía. Pero también es cierto, que ese mismo tiempo no reconoce lugar ni oportunidad para presentarse -en eso, es tan desconsiderado e impuntual como la muerte- y cuando lo hace, nos puede regalar paraísos de belleza, y paralelamente o antes o después, imágenes tan horribles que sería preferible no ver. Pero estaba allí, y era difícil, además de tarde, evitar el desafío de lo que deliberadamente había ido a buscar. Al fin era yo, o mejor dicho, el otro, o tal vez los dos, comenzando a observar lo que había ocurrido. Para bien o para mal, se veía todo tan nítido como sólo suele mostrarlo la inefable crudeza de la realidad. Allí estaba yo en esa casa desconocida, cuando apenas tenía cuatro años. Mi madre moría junto a un médico de lúgubre chistera, y después, también yo, escalando los montes cercanos y oliendo las encinas, los robles y los castaños, corriendo, corriendo, para escapar de aquel dolor insoportable. Un poco más tranquilo, me detuvo el relieve de los pinos interminables, más allá de mi pueblo, y el mar cercano se abrió como un oído propicio para escuchar mi sufrimiento. Me rescataron de esas angustias las cariñosas figuras de mis abuelos, para introducirme en una educación cargada de afectos. Ellos animaron a mi timidez para colocarme en el centro de los días de fiesta y celebración, haciendo que entre los colores de su música, descansara la constancia del estudio tenaz y juicioso. Entre sus infinitas ternuras también transcurrió mi adolescencia, hasta que otra vez vino una noche la muerte para convocarlos a su territorio silencioso. Todo comenzó a perder sentido, y mucho más, cuando mi padre dispuso que viajara a una gran ciudad para completar mis estudios. Sentí que mi vida apenas sostenida por un manojo de recuerdos se quebraba en dos. Atrás quedaba un tiempo milagroso animado por gente y paisajes que tenían las misma textura, la misma dureza metálica y el alma idéntica de delicada espuma. No tuvo que apresurarse el calendario para que fuerzas inesperadas acentuaran aquellos sentimientos y terminaran con mi mundo, cuando me colocaron en el enorme barco en que navegaría hacia América. Entonces me despedí de los bosques y de los ríos, de los peces transparentes y de las mareas formidables. Soñaba con que esa fuera una separación transitoria pero acabó por convertirse en definitiva. (Cuando percibí que la voz iba tomando el tono de una larga confidencia, descubrí que no era la mía, aunque continué escuchándola con atención.)
-Llegué al otro lado del Atlántico -adonde naciste- y conocí los quebrachales y los caminos tan duros como ellos, y conocí amor de mujer, y lo más maravilloso de todo, conocí una nueva familia.
¿Quién me hablaba? Volvía a ser yo cuando mi pregunta se erguía valerosa al advertir que alternativamente, éramos dos los que nos expresábamos, que en ese instante era yo pero que poco después, volvería a ser el otro destejiendo un relato que me parecía haber escuchado alguna vez.
-Después vinieron años difíciles con su acumulación de desencantos y de supuestos amigos con memoria de algodón.
-Ay Papá, si hubieras vuelto a España llevándome contigo.- Me escuché decir en voz alta.
No pude ver su cara porque su cara estaba dentro de mí, pero sabía que me miraba con una tristeza que jamás había imaginado en sus ojos. Entonces buscando la lógica de un consuelo, agregué:
-Sí, ya sé, estaba la guerra.
La respuesta llegó desde la voz amortiguada, pero tan nítida como si quién hablara estuviera a mi lado.
-Y también ustedes, mis hijos. Era imposible regresar con todos. Aunque hubiera sido maravilloso, ¿no es verdad?
“Pobre vasco que quiso olvidar sus sueños”, pensé pretendiendo que en medio de aquella milagrosa simbiosis, no me había escuchado. Pero lo había hecho.
-¿Y quién te ha dicho que los he olvidado? Todavía caminan por la Alameda, están en la tienda de Arriola, en la Plaza seca cerca de la iglesia donde me bautizaron, en la vieja estación del ferrocarril.
La voz y la calle quedaron en silencio. Todo había sucedido, si es que había sucedido, en el escaso recorrido de media cuadra. Seguí adelante y al pisar la esquina que enfrentaba la plaza Zaragoza, descubrí el Juan Sebastián Bar, un rincón empeñado en ser moderno sin desentonar con el delicioso estilo art noveau de la ciudad. Allí me reanimaron rápidamente el ambiente tibio, un café muy cargado, una copa de Osborne, pero más que nada, contemplar a una hermosa muchacha rubia de ojos celestes, que compartía la mesa vecina y una tetera con su amiga tan bonita como ella. Estaban muy próximas y resultaba imposible no escucharlas. Eso me permitió saber que con juvenil entusiasmo daban los últimos retoques al plan de excursión del día siguiente, que afortunadamente para ellas, sería domingo. Así me enteré que pensaban visitar Deba, distante sólo cuarenta kilómetros. El nombre de ese pueblo debió haber sacudido algún anaquel polvoriento de mi memoria, porque luego de pedirles disculpas por mi intromisión, les requerí información sobre su punto de destino.
Considerándome un turista -al cabo lo era- mi curiosidad no les llamó la atención, y amablemente me contaron que se trataba de un pequeño pueblo marítimo muy tranquilo, aunque aclarando con rigor propio de experimentado cicerone que no era demasiado diferente a cualquier otro de Guipúzcoa. Sin embargo destacaron que tenía una hermosa iglesia -creían que del siglo XVI- buenos lugares para comer y una playa serena, observación esta última que les hizo reír con candor, cuando cayeron en cuenta que una playa en pleno invierno no constituía un atractivo demasiado especial.
-Pero puede usted caminar por la arena y mirar el mar, si le apetece, claro.- Dijo una de ellas tratando de enmendarse.
Queriendo corresponder a su delicadeza le respondí que el mar era uno de mis espectáculos favoritos. Luego nos despedimos con simpatía y volví a la calle. La lluvia densa se había convertido en una tenue llovizna. Hubiera podido abordar un taxi pero preferí caminar. El hotel estaba cerca y el agua me recorría la cara como una tenue caricia.

2

Descendí del autobús poco después de la arcada que señala la entrada del pueblo. Más allá, el Hotel Miramar cerraba sus ventanales al viento, y una breve escalera de granito conducía hasta la arena. La mañana pretendía evaporar las nubes y convertirse en una claraboya luminosa, pero el mar mostraba espasmódicos movimientos de intranquilidad, acaso descontento por la repetición de una suerte adversa. Comencé a acercarme a la orilla entre las huellas de la marea nocturna y dejé que mi vista volara, primero hacia los montes que se asomaban como si fueran una plataforma, y después, hasta el horizonte lejano. Nombres y lugares recorrían mi cabeza como pájaros desorientados que han perdido el rumbo, y tratan desordenadamente de recuperarlo. A mí me había ocurrido lo mismo buscando definir exactamente quién era, pero en ese momento estaba seguro de haber llegado a destino. La confusión había terminado -o estaba muy próxima a hacerlo- porque ese era el pueblo y yo estaba allí. Posiblemente había llegado el momento de comprenderlo todo, pero resultaba riesgoso sentirse victorioso. La voz depositada en mi interior había callado, dejándome la incierta sensación de estar solo y desprotegido, pero el paisaje se empeñaba en mostrarse amigable tomando a cada instante mayor relieve, como lo hace una fotografía al revelarse, cuando los ácidos comienzan a definir la imagen, primero tímidamente, pero insistiendo en su empeño hasta tornarla definitiva. Por eso empecé a sentir que si bien era la primera vez que estaba allí, en realidad nada se presentaba como absolutamente nuevo. Terminó por parecerme que había regresado a una playa adonde había estado el día anterior, y el anterior, y el anterior, a lo largo de toda mi vida. Como si empuñara un bisturí, me hundí en la parte más recóndita de mi propio ser, pretendiendo que el otro emergiera y apartara las dudas y los temores que subsistían. Pero sólo respondió el silencio, de inmediato destruido por el rumor del viento que crecía vaticinando una nueva tormenta. Debo haber pasado mucho tiempo redoblando el intento, hasta que mi desesperación -o tal vez mi angustia- hizo estallar una forma de furia, ignorada hasta entonces. Fue cuando grité, grité como si la soledad, la injusticia, el olvido, la desaprensión, la maldad y la ingratitud que me habían venido persiguiendo, huyeran de mis pulmones con el prodigio de aquel grito.
-¿Adónde estás? ¿No somos dos acaso?
Nadie me contestó, pero sentí la presencia de una compañía. Miré toda la playa que permanecía tan solitaria como a mi llegada, pero alguien estaba allí. Sí, lo confirmé cuando sentí en mi brazo derecho un calor afectuoso, como si lo oprimieran con cariñosa firmeza. Recién entonces percibí que la ansiada voz reaparecía, pero lo hacía cada vez más lejos, y cada vez más lejos a medida que hablaba.
-Estás solo o puedes creer que estás solo, pero esta es Deba, tu patria. Y aunque dejes de escucharme, porque seguramente dejarás de escucharme muy pronto, nunca te quedarás sin mi compañía. Y estaré a tu lado aunque no me veas ni me oigas, porque tampoco es bueno para ti que alguna de las dos cosas ocurra. Y por último hijo, desde hoy serás tú y yo seré en tu mente y en tu corazón la memoria de tu padre. Te confieso que no me parece poco, es más, visto desde donde yo lo veo, es como un premio, más que un premio. Pero recuerda, serás sólo tú, y lo que seas capaz de hacer sin la ayuda de nadie.


Las dos muchachas habían colmado su modesto deseo de distancias cuando llegaron a la arcada, allí, en la entrada de Deba. Ellas descubrieron al viajero con el que habían conversado en el bar la noche anterior, sorprendiéndolo en el preciso momento en que comenzaba a alejarse de la orilla. Después, les pareció comprobar que con el mismo dominio de la situación que si fuera un habitante más del lugar, se encaminaba hacia el interior del pueblo. Pero lo que más llamó su atención, fue descubrir que junto al desconocido marchaba un anciano cuyo perfil de la vieja boina, era el dibujo más clásico y perfecto que se podía hacer de su raza. El anciano, muy anciano, todavía lo llevaba tomado del brazo derecho, cuando se perdieron por la senda de la Alameda.

lunes, diciembre 11, 2006

Sensibilidad legal

En la ciudad de Coronda, un juez redujo de $ 57.000 a $ 8.000 la indemnización fijada para un joven muerto en un accidente. Pero lo ¡increíble! es la fundamentación de la decisión. Dice así: “sus sueños de progreso carecían de chances sociales pues la realidad los había convertido en utopía”. La opinión del juez parece impregnada de un sentido profundamente democrático, y a la vez, respaldada en que todos somos iguales ante la ley, por supuesto, si aceptamos que algunos son más iguales que otros.

El Riachuelo

Desde niño, El Riachuelo que separa el Barrio de Barracas de la Ciudad de Avellaneda, me pareció la porquería más maloliente y hermosa frente a la que se habían detenido mis sentidos.
Lo vi por primera vez cruzando en el tranvía 21 sobre el viejo Puente Pueyrredón, ocasión durante la que un irónico pasajero le lanzó un grito que debería haber sido premonitorio: ¡Qué perfumen las aguas!
Pero pasaron sesenta años y todo siguió igual: las aguas sin recibir su merecida loción, los barcos oxidados semihundidos, y lo que es peor, los vecinos sumergidos en el aire insalubre que allí las empresas que derivan sus desperdicios a las aguas sabían y saben fabricar como nadie.
Hubo promesas de saneamiento y fueron igual que tantas otras promesas destinadas a prometernos el Paraíso. Pero el Paraíso, o algo que pretendía parecérsele, quedaba mucho más al norte, allí donde la gente tenía el sentido del olfato mucho más refinado, porque los pobres, es sabido, carecen de nariz.

lunes, noviembre 27, 2006

Referido a los cazadores

Matar por es en sí mismo un acto cruel propio de un salvaje. Mucho peor todavía si la acción se encara dándole visos de pretendido deporte, como un recurso para jerarquizar la cuestión o para esconderla al juicio de los demás. Las dos cosas me producen una incontenible repugnancia. Y esta calificación alcanza por igual a los cazadores furtivos y a los cazadores a secas. En el fondo, las dos categorías -de alguna forma debo llamarlas- son exactamente lo mismo.
La vida en general -no sólo la de los animales- está ya bastante amenazada desde
diversos ángulos, y todo viene a demostrar que si no se toman las debidas previsiones
-las mismas que hasta ahora los principales países del planeta han evitado cuando no
obstaculizado- el desastre se apresurará dramáticamente alcanzando a todo el planeta.
Digo todo esto convencido de representar una nueva voz en el desierto.

jueves, octubre 26, 2006

El nuevo Muro

Recuerdo que durante muchos años, el Muro de Berlín, ya desaparecido, fue vilipendiado por casi todo Occidente, de manera muy especial -era de esperarse- por los Estados Unidos.
Esto no quiere decir que la instalación del Muro haya sido una gran idea.
Ahora, los mismos Estados Unidos bajo la sagaz presidencia de George Bush,
se proponen levantar un muro de 1.100 kms. en la frontera con Méjico, para contribuir
a desalentar la entrada ilegal de inmigrantes.
Esta noticia ha coincidido con una verdaderamente trágica, llegada desde España,
que también tiene que ver con muros. Debido a las tormentas que azotaron la península,
cayó un muro edificado por unos vecinos sobre el patio de una finca ocupada por una señora y su familia. La señora se encontraba desagotando el patio inundado, y la mala
fortuna -o los errores de construcción del muro- hicieron que se derrumbara y cayera
sobre la pobre mujer causándole la muerte.
Esperemos que con el muro de USA no ocurra lo mismo. Y recurriendo aunque
sea de mala gana a un poco al humor negro, -juro que no es una expresión de deseos- hagamos una predicción relacionada con un probable derrumbe, para determinar sobre quién caerá simbólicamente si el desastre se produjera.

sábado, octubre 21, 2006

“Volvió una noche”

“Volvió una noche”

Pero de él, la ciudad mucho sabe y conserva.
Su lágrima más rica,
Su daño que hirió de pronto
La escondida jactancia, el desapego silencioso
Con que las voces que callan juntas
Alrededor de sillas humeantes y amaneceres
Acostumbran a comunicarse afectos.
Y acaso por ser yo de esos
Me cohíbe repetir el nombre,
Atarme a la vil nostalgia temporal
De reclamarlo.

Alberto Girri


El Bocha -como le decían todos en el barrio- vivía con su madre en la vieja casona de la otra cuadra. El muchacho tenía sólo veinticinco años y estaba recorriendo las últimas materias de Arquitectura, una carrera universitaria iniciada tardíamente. La prematura muerte de su padre tres años atrás, había sido la causa de la postergación de sus proyectos como estudiante.
La señora Alcira bordeaba los sesenta, pero a pesar de su aspecto cuidado mostraba un posiblemente involuntario envejecimiento precoz. Aunque ella no lo decía, tenía aceptado que las tristezas y cierta clase de soledad, son más crueles que el veloz andar de los calendarios.
Madre e hijo tenían una relación cordial y afectuosa, pero como es natural, eso para ninguno de los dos era suficiente. En un sentido material, vivían sin lujos pero también sin apremios, porque Don Jorge les había dejado un pequeño capital y una pensión relativamente alta.
Aunque yo pienso que se pueden tener a cualquier edad eso que suele llamarse manías, a medida que transcurre el tiempo las personas mayores parecen adjudicarse el privilegio de coleccionarlas como si fueran piedras preciosas y extravagantes. Son esas modalidades a las que con cierta mezcla de ironía y consideración denominamos cosas de viejos.
Doña Alcira tenía las suyas, y entre ellas, se destacaba su insistente preocupación porque la puerta de las rejas que separaban el pequeño jardín de la acera, permaneciera permanentemente cerrada, al menos desde la hora del atardecer. Y como transcurría el invierno, antes de las seis de la tarde la oscuridad cubría las calles y las casas como una manta apresurada como si quisiera estimular un sueño prematuro. El tema era constante motivo de discusiones con su hijo, la únicas que solían tener, porque él sostenía que ese era el barrio más tranquilo y más seguro de la ciudad, tal vez del mundo. Y era verdad. A pesar de los frecuentes asaltos, secuestros y robos que se repetían con insistencia en otras zonas, allí no se recordaba más que alguna escaramuza ligera que los vecinos ya casi tenían diluida en el olvido.
Ese día, para evitar el repetido y fatigoso cambio de opiniones sobre el tema, el Bocha se apresuró, y apenas pasadas las cinco y media, cruzó el minúsculo jardín y llave en mano se preparó para cerrar lo que irónicamente solía calificar como la bendita puerta. Estaba haciéndolo cuando caminando con seguridad pero sin apremio, pasó frente a la casa un hombre. El Bocha tenía el mérito de la observación, y a pesar de lo fugaz del momento apenas iluminado por una luz que decrecía, reparó en dos cosas: el elegante sobretodo que vestía el transeúnte y que llevara sombrero -algo totalmente fuera de uso- pero además, un sombrero que le pareció corresponder a una moda definitivamente antigua. Pero eso no fue todo. Al pasar, el hombre giró la cabeza y lo miró para cantarle más que decirle un “buenas tardes” extendido, acentuado con una sonrisa que no parecía recién creada. Sencillamente, el Bocha pensó que la traía colocada en los labios desde que había salido a recorrer las calles, y hasta todavía, desde el día de su nacimiento.
El hombre continuó su camino hasta perderse en la oscuridad y en la tenue llovizna que comenzaba a cubrir la acera. El muchacho, cumplida su misión, retiró la llave y retornó a la casa dominado por un único pensamiento: ¿Adónde había visto aquel rostro que le resultaba tan familiar? Cuando atravesó la puerta la voz de su madre lo recibió con la pregunta inevitable.
-¿Ya cerraste Bocha?
-Si mamá, quedate tranquila que está todo bien.
-Gracias hijo.
Mientras Doña Alcira continuaba en la cocina preparando la cena, tarea que para ella todos los días parecía la víspera de una celebración, el Bocha subió las escaleras y se dirigió a su cuarto. Allí, le esperaban los libros que había dejado abiertos y se propuso continuar estudiando. Pero apenas había posado los ojos sobre el papel cuando el rostro del hombre que había visto poco antes, volvió a su mente cargado de intensidad. Entonces levantó la vista y se dijo en voz alta:
-Estoy seguro de que era él, pero... ¡no puede ser!
Su exclamación y la idea que la provocaba, le parecieron tan absurdas que trató de desvanecerlas, volviendo trabajosamente a los libros que tenía frente a sí. Acabó concentrándose en lo que leía y comenzó a tomar algunos apuntes. Haciéndolo transcurrieron los minutos, y el sueño comenzó a cercarlo provocando que su cabeza se inclinara lentamente sobre la mesa hasta caer vencida. Recién a las nueve de la noche su madre entró en la habitación para despertarlo. La cena estaba servida.
Comieron casi sin hablar hasta que el Bocha creyó oportuno hacer la pregunta que tenía preparada.
-Mamá, ¿cómo se llamaba esa clase de sombrero que los hombres usaban antes?
-No se exactamente a que te estás refiriendo. - Contestó Doña Alcira un tanto sorprendida por la rara curiosidad de su hijo.
-Recuerdo haber visto alguna vieja foto de papá llevando algo así.
-Claro. - Reaccionó la madre. - Era un sombrero ridículo que no me gustaba, pero tu padre sostenía que era propio de un caballero. Si, ya sé. Ese modelo de sombrero me parece que se llamaba orión o algo así. Creo que Chamberlain o Eden, que fueron primeros ministros ingleses, usaban uno igual. Pero mirá de qué acabo hablándote... si eso fue hace más de sesenta años. - Divagó. -¿Pero de dónde has sacado tu interés por la moda de otro tiempo?
-Es que hoy vi a un hombre con un sombrero así.
-Parece increíble. Ya ni creo que se fabriquen esas cosas. Debe tratarse de un extranjero o lo habrá comprado en otro país. ¿Querés un poco más de guiso?
-No, gracias. - Dijo el Bocha apresurado por volver a su tema. -Pués él lo llevaba, y te digo que le quedaba muy bien.
-¿Te gustaría comer alguna fruta?
-No mamá. Te ayudo un poco en la cocina y me acuesto. Estoy sobre los libros desde las seis de la mañana y me siento muy cansado.
-Olvidate de la cocina Bocha. Pero no hagas lo mismo con el examen que es pasado mañana.
Entre los dos levantaron la mesa. Después el muchacho besó la mejilla de su madre y puso a andar su proyecto de descanso.
-Hasta mañana mamá.
-Hasta mañana Bocha, que duermas bien.
Y el Bocha durmió bien, y también la noche siguiente, hasta que el nuevo día lo puso frente al desafío del examen.
Se despidió de su madre muy temprano y partió para la Facultad. Allí, los esfuerzos del estudio tuvieron su premio y regresó alrededor casi a las seis de la tarde con la alegría del triunfo, sin que le importara la persistente garúa empeñada en perpetuarse, ni la oscuridad que volvía a caer apresuradamente. Es que se sentía contento porque ahora tenía un un escollo menos y acababa de dar un paso más hacia título que ya estaba a la vuelta de la esquina.
La señora Alcira se sintió muy feliz, pero eso no le impidió preguntar a su hijo si había cerrado con llave la famosa puerta de las rejas. El Bocha se sentía demasiado despreocupado para que aquella infaltable insistencia le perturbara, y admitió que no lo había hecho. Entonces volvió sobre sus pasos y llave en mano se dispuso a cumplir con el doméstico reglamento. Mientras lo hacía, recordó al hombre del día anterior, y como si hubiera respondido a una invocación, la figura apareció sobre la misma vereda, con los mismos pasos, la misma sonrisa comunicativa, el mismo extraño sombrero y el mismo saludo, otra vez alargando el sonido de las letras, como si necesitara adaptarlas a alguna música nueva.
Sin preverla ni pensarla demasiado, el Bocha tuvo una reacción, y cuando la figura acababa de pasar dejó a su reacción en libertad.
-¡Señor!
El hombre se detuvo y giró para mirarlo de frente con la misma expresión natural y abierta que podía tener un viejo amigo. El Bocha insistió.
-Discúlpeme, no quiero parecer incorrecto ni curioso, pero usted no es del barrio, ¿verdad? sin embargo a mí me parece alguien muy conocido.
-Bueno, - respondió el hombre gesticulando con la mano derecha - esa es una verdad a medias, porque yo siento que todos los barrios son un poquito míos, aunque se trate de un arrabal amargo o aunque tenga el alma inquieta de un gorrión sentimental. En cuanto a que te resulte conocido pibe, disculpame que te llame así pero para mí sos un pibe, es más o menos lógico, pero claro, ese es un misterio de tu memoria en el que yo no intervengo. De todas maneras te lo agradezco. Es bueno que aunque no lo identifiquen del todo, los demás se acuerden de uno.
El Bocha tuvo otra reacción instintiva.
-¿No quiere pasar? A mi madre le gustaría mucho hablar con usted. Tal vez ella pueda recordar todas las cosas que a mí me resultan demasiado lejanas.
-¿Tu viejita? Me encantaría pero preferiría dejarlo para otro día, vengo retrasado y tengo que encontrarme con Tito y con tres viejas amigas: Peggy, Betty y Julie, así se llaman. Son tres rubias macanudas y con Tito y con ellas vamos a dedicarnos a evocar el pasado. Parece poca cosa, pero nos resulta una gran ayuda para seguir tirando. Y ahora abur, pero antes decime, ¿cómo te llamás?
-Me dicen Bocha.
-Suena porteño, me gusta. Y ahora sí, hasta la vista.
-Adiós señor.
-Chau Bocha.
El hombre comenzó a alejarse, entonando a media voz un viejo tango que el Bocha no reconoció.
-“Por una cabeza
de un noble potrillo...”
Mientras entraba en su casa al muchacho le pareció que la garúa se había enfriado y que parecía nieve, la misma nieve implacable que según le habían contado utiliza el tiempo para platear las sienes. Ya en el interior encontró sentada en un sillón a su madre, ocupada en su tejido.
-Sabés mamá, pasó de nuevo el hombre del sombrero raro y estuvimos charlando un poco.
-¿Y qué te dijo?
-Muchas cosas que no entendí. Algo de su amigo Tito y de tres chicas rubias de nombre extranjero.
-No sé por qué, pero me hubiera gustado conocerlo.
-Lo invité a pasar, pero estaba apurado. Igual me prometió volver una de estas noches.
La madre se concentró en su tejido y habló para sí misma en voz muy baja.
-”Volvió una noche”.
-No te escuché mamá. ¿Qué dijiste?
-Nada querido, nada.
-Bueno, te dejo con tu trabajo y me voy a ordenar un poco los libros porque dejé la habitación hecha un desastre.
-Andá tranquilo y descansá un poco. Lo tenés merecido.
El Bocha comenzó a subir la escalera tratando de recordar el tango que cantaba el visitante mientras se alejaba, pero como sucede tantas veces, no consiguió hacerlo. Para bien o para mal, los jóvenes no saben demasiado de viejos tangos. Entonces prefirió pensar que un día no demasiado lejano iba a ser arquitecto. Y eso, ya casi le sonaba como otra milonga.

viernes, octubre 06, 2006

Jubilados (Comentario exclusivo para Argentina)

El día 4 del cte. mes, la Cámara de Diputados aprobó una ley que obliga a la ANSES a pagar
en 120 días hábiles todas las sentencias judiciales pendientes que beneficien a los jubilados.
Pero lo más llamativo fue el resultado de la votación, ya que 92 diputados votaron a favor
y 51 en contra. Lo terrible de estas cifras es proyectarlas a porcentajes.


El 35.67% votó en contra.


Para tomar un solo caso, votó en contra, por ej., de un hombre de 81 años que tiene un juicio ganado hace 14 años. No creo que ante tal muestra de sensibilidad haga falta agregar el menor comentario.

(Aclaro que no estoy involucrado en esta situación y que sólo aporto la información por
haber tenido una escasa difusión).